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O pasado 10 de novembro cumpríanse 118 anos dende que o Serpent encallara na Punta do Boi. O escritor Juan Campos comezaba o ano pasado cunha pequena pero emotiva ofrenda, que probablemente se convertirá nunha tradición popular dentro duns anos, acodindo ao Cemiterio dos Ingleses a mesma noite para lembrar a todos os mortos do mar. Continuando coa homenaxe, Juan Campos nos ofrece un escrito, un escrito sobre o galeón Silma e os seus veraneos na Ría de Pontevedra. Na foto que acompaña o texto podemos ver a José Figueiro, patrón do galeón Silma de Taragoña aló por agosto do 1964. Aló estaba, preparado para botar unha soneca na praia de Melide da Illa de Ons, antes de preparar unha caldeirada. Se máis, deixámosvos con Juan Campos, que podemos ver na fotografía de abaixo. "El hombre que enseñó a navegar al regatista Pedro Campos" "Como casi todas las cosas importantes en la vida de una persona, mi pasión por la Costa de la Muerte y sus naufragios hunde sus raíces en la infancia. Mi padre, aunque ingeniero de profesión y gallego afincado en Madrid era un marino frustrado. Su gran afición eran los barcos de vela. Como en aquellos años cincuenta y sesenta con una familia muy numerosa a cuestas no podía permitirse el lujo de tener velero propio se le ocurrió alquilar cada verano, que pasábamos en parte en Sangenjo, un galeón de la Ría de Arosa. Eran los años finales de la vela tradicional gallega y aquellos galeones: el "Moreno", el "Quisque" y sobre todo el último, el "Silma", fueron de las últimas velas cangrejas en surcar las aguas de las Rías Bajas. El Silma venía con su dueño y patrón a bordo, Don José Figueiro, de Taragoña, a pasar el mes de Julio y parte de Agosto a Nanín, donde veraneábamos en una casa sin agua corriente y con retrete exterior.Al final del verano los chavales acumulábamos una capa de salitre de un centímetro de grosor sobre la piel... Figueiro, a quien llamábamos siempre "señor José" o sencillamente "el patrón", siempre insistió en dormir a bordo, en el tambucho de proa del galeón fondeado en la playa de Nanín, aunque podía haber dormido en nuestra casa. Lo hacía sobre todo por precaución, por si "saltaba a tronada" en plena noche y tenía que poner el barco a resguardo en el puerto de Sangenjo. Como buen marinero era extraordinariamente cauto con las cosas de la mar. El nombre del barco lo formaban las sílabas iniciales de los nombres de sus dos hijos: Silverio y Maria. En años posteriores descubrí que había tenido carnet de la UGT, creo, y la guerra le había pillado embarcado en un mercante en Barcelona. Fue encarcelado tras ella y condenado a muerte, siguiendo la fórmula estreotipada de aquellos tribunales, por "auxilio a la rebelión". Pero los buenos oficios de un influyente comerciante de La Puebla del Caramiñal y de un pariente de mis abuelos paternos, el párroco de Rianjo D. José Benito Fariña, lograron que fuese indultado y puesto en libertad. Figueiro se convirtió casi en un miembro más de mi familia y vino varios veranos con el Silma a Nanín, donde todos-incluido mi hermano Pedro el regatista- aprendimos los rudimentos de la navegación a vela.Ya vendido el Silma siguió visitándonos un día de cada verano hasta su muerte. Con frecuencia íbamos de excursión a la isla de Ons y varábamos el barco en la playa de Melide para saltar a tierra. Allí quedaba recostado,como un pecio naufragado, hasta que al atardecer la marea lo volvía a poner a flote. El patrón, que se preciaba de buen cocinero, lo que motivaba en la casa roces continuos con la muy gruesa y bondadosa cocinera de mi abuela, Rosa, porque siempre criticaba sus menús, preparaba la caldeirada sobre la misma playa con rinchas,sardinas,(o raya)patatas y cebolla. Luego se calaba la boina sobre la cara, apoyaba la espalda en una roca y se echaba una buena siesta sobre la arena.Lavábamos los platos en la orilla y a los chavales nos asombraba ver la extensión que tan poquísimo aceite de la caldeirada ocupaba sobre el agua. Y así comprendíamos por qué en los temporales los barcos antiguos descargaban toneles de aceite sobre las olas. Todavía vivía una familia de pescadores en una casa sobre la playa y con frecuencia les veíamos llegar y subir la dorna rodándola sobre los remos arena arriba con increible habilidad. A veces caminábamos hasta el lomo de la isla y oteábamos el horizonte hacia el Norte. Veíamos el cabo de SanVicente, la isla de Sálvora, el islote de Noro, Corrubedo, el monte Curota y adivinábamos, si el día estaba muy claro, el mismísimo Finisterre como una tenue zona de azul algo más oscuro: la Costa de la Muerte, nos decían. Según las versiones que escuchaba entonces esa costa comenzaba pasada la isla de Sálvora. Y se comentaban y discutían las leyendas sobre falsas luces colocadas en los cuernos de las vacas para provocar naufragios. Hoy en día se tiende a reducir la Costa de la Muerte a la parte situada al Norte de Finisterre, pero como documenté en mi introducción a Náufragos de Antaño, las citas más antiguas conocidas, así como el número de naufragios célebres, justifican el otorgarle límites mucho más amplios: desde Corrubedo hasta más al Norte de Coruña. Sólo en los años setenta visité, primero en coche y luego en bicicleta, la Ría de Muros y Finisterre, subiendo en solitario a pie al Monte Pindo una mañana de otoño. Más tarde conocí Villano y Camelle y aún mucho más tarde el Cementerio de los Ingleses. Para escribir mi libro recorrí una y otra vez los lugares en los que sucedieron esos dramas, hablando con muchas personas de sus recuerdos y de los de sus antepasados y quedé definitivamente enamorado de su paisaje. Desde entonces sueño con que todos los años, con motivo del aniversario del Serpent, se realice un homenaje nocturno, a la hora del naufragio no sólo a los hombres del buque de guerra inglés sino a todos los náufragos de esta costa. Creo que podría ser una ceremonia emocionante a la luz de las velas para todo el que ame la mar, esta costa y sus historias."
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